Mi hijo tiene ahora cuatro años y está aprendiendo a leer y a escribir. Ya se sabe los números, las vocales y algunas consonantes, no muchas. Cuando nos ponemos a leer con él, unas veces mi mujer y otras yo, no para un rato quieto, impaciente por terminar para ponerse a jugar, a pintar, o a ver los dibujos animados. Nos enfada que no ponga la atención suficiente; si se concentrara seguro que aprendería mucho más rápidamente. Creo que él debe intuir en cierta manera lo útil que le resultará saber leer y escribir, porque vive rodeado de libros y no hay día que no vea a sus padres con algún libro o revista en las manos, o tomando notas sobre un papel, o escribiendo algo al ordenador. Desde muy pequeñito siempre le ha gustado mucho que le leyésemos cuentos, y una de sus preguntas favoritas es “¿y aquí qué pone?”. ¿Por qué, entonces, se lo toma como algo fastidioso que hay que hacer en casa sólo porque si no no le vamos a dejar hacer lo que realmente le gusta? Yo creo que es porque aún no ha desarrollado plenamente la habilidad de percibir la trascendencia de sus acciones. No soy psicólogo, así que tan solo es una conjetura.
La capacidad de leer y la capacidad de escribir en la lengua materna son dos de las herramientas fundamentales para una vida plena. Por eso cuando los niños aprenden a leer y a escribir su mundo empieza a cambiar. Pero no son las únicas herramientas que nos permiten desarrollarnos y alcanzar nuestras metas. Yo podría señalar otras cuantas que a mí me han resultado imprescindibles para llegar hasta aquí. Una de ellas es el inglés, que me ha permitido el acceso a un mundo mucho más amplio que el que gira alrededor de la lengua de mis padres. Otra es la informática, a la que le he sacado siempre bastante utilidad, tanto a nivel profesional como personal. También podría señalar unas cuantas herramientas que no tengo y que me gustaría añadir, sin duda, a mi maletín de útiles de productividad: la mecanografía, la lectura rápida, otros idiomas…
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