Vecinos

Hace unos días leí en 20minutos.es, una noticia titulada “Dos años de cárcel por molestar a sus vecinos con la música a todo volumen“, que me trajo a la memoria las desagradables experiencias que viví con los vecinos con los que compartía comunidad en el piso en el que vivía antes de mudarme al actual. Al casarme, me fui a vivir con mi mujer al cuarto piso de un edificio bastante antiguo, sin ascensor, situado en una barriada popular de mi ciudad. Nuestro piso era el último, así que no teníamos vecinos encima. Con unos vecinos del mismo rellano – un matrimonio con dos hijos ya mayores – compartíamos una pared de la cocina y con otros – un matrimonio de ancianos – compartíamos una pared del salón. Bajo nuestro piso vivía sola una elegante y bohemia mujer mayor que, según nos contó un día, había sido bailarina en un ballet ruso. En la casa apenas oíamos ruidos provenientes de la calle, ya que las habitaciones de un lado daba a un callejón apartado del tráfico y las del otro a un patio de luces muy amplio, en el que había pocos vecinos generosos, de esos que comparten su inversión en música y equipamiento audiovisual con todos los demás. El barrio no era bonito, aparcar el coche a diario era un infierno y subir los 4 pisos de empinadas escaleras con las bolsas de la compra o el cuco de nuestro hijo resultaba agotador, pero con el tremendo esfuerzo e ilusión que habíamos puesto en la reforma del piso, habíamos conseguido que eso no nos importara mucho: al abrir la puerta nos parecía que entrábamos en nuestro oasis particular de armonía y paz… hasta que llegaron ellos.

Ellos eran una pareja joven, de unos veintitantos años, altos, fuertes, melenudos, con unos vozarrones tremendos – tanto él como ella – que le compraron el piso a la rusa cuando la melancolía hizo que decidiera volver a la fría tierra donde habitaban sus recuerdos. Aunque a nosotros nos parecían heavies convencidos, sus gustos musicales cubrían todo el espectro: Camela, rumbas, rap, pop, sevillanas… Debían de tener algún tipo de problema auditivo compartido, pues por el día ponían la música a todo volumen y por la noche veían películas de acción con el dichoso Home Cinema a todo trapo. Nunca supimos si se susurraban zalamerías al oído en alguna ocasión, pero sí oíamos con claridad lo que se gritaban el uno al otro en sus frecuentes duelos de titanes. Nosotros aguantábamos estoicamente, como campeones, hasta que un día nos sorprendió recibir la visita de uno de ellos para quejarse del ruido que hacíamos con los tacones al andar por el piso. ¡Curiosa disfunción auditiva la suya, prodigiosa naturaleza selectiva la de sus oídos! Nosotros hicimos lo que pudimos, limitando al máximo el tiempo que permanecíamos con zapatos de vestir dentro de la casa. No llegamos a ponernos los zapatos en el rellano de la escalera, pero casi. Sin embargo, a ellos seguía molestándoles hasta el más mínimo ruido, regalándonos visitas cada vez más desafiantes y desagradables y poniendo todos sus aparatos sonoros al máximo de volumen.

Para nosotros aquella vivienda era el refugio temporal para una primera etapa que pasaría en poco tiempo. Ser conscientes de ello nos proporcionaba cierta calma y esperanza: era gratificante pensar, después de una de sus desagradables visitas, que un día les diríamos, sin hablar, “¡hala, ahí os quedáis, a ver quién os toca ahora encima!”. Ese día llegó: nosotros nos fuimos al paraíso y ellos se quedaron quemándose en su infierno particular. Algún tiempo después, una de las buenas vecinas que también tuvimos nos contó que la pareja de pequeños peruanos a quienes les vendimos el piso también tuvo amistosos intercambios dialécticos con nuestros estimadísimos ex-vecinos. Más tarde, la misma vecina nos contó que aquella casa en la que nuestro hijo había pasado su primer año de vida, y de la que nos despedimos para no volver con un nudo en la garganta, había terminado ocupada por un grupo de inmigrantes subsaharianos, de piel oscura y potente envergadura, con los que la balanza se había equilibrado. Parece que nuestros ex-vecinos han encontrado por fin la horma de sus zapatos, porque hace unas semanas vimos colgado bajo nuestra antigua terraza del callejón un cartel desesperado con un teléfono y el mensaje “Se Vende”.

Pero no es el ruido la única incomodidad vecinal posible. A la hora de fastidiar al prójimo, la imaginación humana parece no tener límite. Un amigo me contaba el pasado fin de semana que ellos tuvieron en su comunidad desde el principio tres vecinas insoportables que saboteaban todas las reuniones anuales y que no perdían la más mínima ocasión para sacar a relucir lo peor de ellas, criticando y malmetiendo cuanto podían. El resto de los vecinos intentaba evitarlas a toda costa, dando incluso rodeos en las zonas comunes para no cruzarse con ellas. Curiosamente, los tres matrimonios que formaban aquellas tres mujeres se rompieron en pocos años, y los tres vendieron sus casas. Se ve que no se soportaban ni ellos mismos. Según mi amigo, los nuevos vecinos son normales, simplemente eso, y están encantados con ellos. Ya que estábamos hablando del tema, me contó también que él tiene unos amigos que tuvieron que mudarse porque no aguantaban las constantes perrerías que les hacían sus vecinos del piso de arriba, que parecían haber decidido dedicar sus mezquinas vidas a fastidiarles la suya. En fin.

Desafortunadamente, hoy en día, a menos que uno tenga mucho, mucho dinero, y pueda comprarse una vivienda unifamiliar en plena ciudad, o le tenga poco apego a las comodidades urbanas y, sin demasiado dinero, se compre una vivienda unifamiliar en algún pueblo remoto, uno no elige a sus vecinos. Puedes llevar a cabo algunas pesquisas antes de comprarte/alquilar un piso, pero si no conoces a alguno de los futuros vecinos lo suficiente como para que te cuente con sinceridad las verdades ocultas del vecindario – el vendedor no lo va a hacer -, tus investigaciones no te asegurarán el paraíso. Nosotros tuvimos mucha suerte, pues frente a la puerta del piso en el que ahora vivimos vive desde hace años una pareja de amigos de toda la vida, que nos contaron esas verdades ocultas antes de aventurarnos a comprarlo. Ahora disfrutamos del vecindario como nunca creímos que lo podríamos hacer, pero como todo buen hijo de vecino debería poder hacerlo. Vivimos en un primero, encima de un silencioso banco del que sólo nos acordamos cuando, alguna noche de fin de semana, su cajero atrae a alguno de esos descerebrados que recorren la ciudad en sus coches tuneados, pavoneándose de sus potentísimos equipos musicales. En el piso de arriba vive una pareja silenciosa que parece existir sólo cuando celebran sus cumpleaños, dos veces al año. En nuestro mismo rellano compartimos paredes, por un lado, con dos parejas rumanas, y por otro, con una pareja de vecinos-amigos con dos hijas. Unos y otros hacen ruido, claro, como lo hacemos nosotros, porque la vida es una actividad ruidosa, de eso no hay duda, pero nada que se salga de lo normal. Nos sentimos afortunados porque ahora no solo no tenemos que aguantar al tipo de vecinos que aguantábamos antes, sino que disfrutamos de actividades normales de vecinos que antes ni imaginábamos: Nuestros hijos juegan, se enfadan y hacen las paces una y otra vez mientras crecen juntos. Y mientras ellos lo hacen, nosotros charlamos animadamente con sus padres de esto y de aquello. Cierto es que eso de compartir situación, como la de ser padres de niños pequeños, une mucho y es un potente socializador, pero también es cierto que hay vecinos sin hijos, o con los hijos ya mayores, con los que charlamos a menudo. Son gente muy agradable y, sobre todo, normal.

El vecindario es un entorno, como lo son los formados por los compañeros de trabajo, los compañeros de estudio, los amigos y la familia. Cada persona transita a diario por uno o más de esos entornos, formando parte activa de ellos: es vecino de sus vecinos, compañero de sus compañeros, amigo de sus amigos, y familiar de sus familiares. Son entornos que le influyen y en los que influye. En un momento determinado pueden ser entornos tranquilos y ordenados. Y en otro momento posterior pueden convertirse en entornos turbulentos y entrópicos. O viceversa. Es cuestión de suerte que en nuestro entorno vecinal, o en cualquiera de los otros, no aparezca un elemento perturbador que lo saque del equilibrio. Sin embargo, el que nosotros no seamos ese elemento es decisión nuestra. Una decisión importante.

2 Responses to “Vecinos”


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